Sin nostalgia de grandeza

Con estas palabras de Julián Carrón y San Agustin, arranco la semana con todo.

El cristianismo es la exaltación de la realidad concreta, la afirmación de lo carnal, el anuncio de la encarnación; tanto que Romano Guardini puede decir que no hay ninguna religión más materialista [es decir, vinculada con la realidad concreta, a la carne] que el cristianismo. El cristianismo otorga valor a las circunstancias concretas y sensibles, por lo cual uno no tiene nostalgia de grandeza cuando se ve ceñido a lo que le toca hacer: lo que tiene que hacer, por pequeño que sea, es grande, porque ahí vibra la Resurrección de Cristo. Estamos “inmersos en el gran Misterio”.

Julián Carrón

Si tu deseo está siempre ante él [el Misterio], él, que ve en lo secreto, te recompensará. Tu deseo es tu oración [tu petición]; si tu deseo es continuo, continua es también tu oración. Si no quieres dejar de orar, no ceses de desear.

San Agustín

«Me siento de nuevo hombre»

¿Quién dijo esto?

Me siento de nuevo hombre porque experimento una gran pasión. La multiplicidad de cosas en que nos envuelve el estudio y la cultura moderna, y el escepticismo con que necesariamente estamos llevados a criticar todas las impresiones subjetivas y objetivas, están hechos aposta para hacernos a todos pequeños y débiles y quejumbrosos e irresueltos. Pero el amor, no por el hombre de Feuerbach, no por el metabolismo de Moleschott, ni por el proletariado, sino el amor por la amada, por ti, hace del hombre nuevamente un hombre.

Es de una carta de Karl Marx a su mujer, el 21 de junio de 1856. Me gustó mucho. Y el comentario de Giussani sobre el texto citado: «El hombre concebido abstractamente se revela, pues, como una gran ilusión, porque con quien hay que vivir es con uno mismo y con las propias exigencias».

Un padre más joven que sus hijos

… Podría observarse lo que quiero decir, por ejemplo, en los niños, cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítimicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen «hazlo otra vez»; y el adulto vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: «hazlo otra vez», y cada noche diga a la luna: «hazlo otra vez».

Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecemos, y nuestro Padre es más joven que nosotros.

(G. K. Chesterton, Ortodoxia).

París, Chesterton y los coches de alquiler

Esta semana fui al médico. La última vez que nos vimos, me contó que se iría de vacaciones, así que, no bien llegué, le pregunté cómo le había ido. «No me quería volver», me dijo entre risas. Igual que un amigo. La última vez que nos vimos, me comentó de la «angustia» de volver de las vacaciones. Y lo mismo me pasa a veces, también en estos fines de semana largos.

Más allá de las respuestas estándares que todos damos («¿Cómo andás?», «Muy bien»; «¿Qué tal el finde?», «Tranqui»; «¿Qué tal tu día?», «Laburando como loco»; etc.), me parece que sería ingenuo no ver que, a veces, hay algo más detrás de ellas: «Me encantaría vivir de vacaciones, no tener que volver al sufrimiento del trabajo diario y rutinario»; «Siempre estoy bien, qué se yo; mi vida es así, no pasa nada especial»; «El trabajo es lo único que tengo, no sé qué haría sin él». Pero lo sorprendente no son estas respuestas, que todos damos, sino lo que viene después: nada, no muevo un pelo, me quedo tranquilo y la vida sigue. ¡Cuántas veces hacemos esto! Me recuerda a la terrible historia de Frank y April Wheeler en Revolutionary Road, una película basada en la novela de Richard Yates.
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La ética en el país de los elfos

Cuando lo leía, me acordaba del momento en que le mostré a mi viejo las fotos de nuestro viaje a Potrerillos (Mendoza). «Qué increíble las montañas», me dijo, pensativo, «¿cómo puede ser que estén ahí?». Entonces le comencé a explicar cómo se forman las montañas: por el movimiento de las capas inferiores de la tierra (o algo así). «Sí, pero ¿cómo puede ser que estén ahí?», insistió, para finalmente agregar: «A eso no lo hizo el hombre». En ese momento, me di cuenta de que no había entendido la pregunta. Era el asombro por la realidad lo que me estaba señalando, no los detalles superficiales. Me sentí un poco como alguien que va acompañado a un desierto y encuentra un televisor funcionando con energía solar. Me había puesto a explicar cómo yo creía que funcionaba el sistema, en lugar de asombrarme de que existiera semejante instalación en ese solitario lugar.
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Un gran desafío, una gran compañía

Gandalf: You’ll have a tale or two to tell of your own when you come back.
Bilbo: Can you promise that I will come back?
Gandalf: No… and if you do… you will not be the same.

(The Hobbit, An Unexpected Journey)

Esta semana me acordé de este diálogo entre los personajes de Tolkien. ¿Nos les hace recordar que en la vida no hay que tener miedo de asumir desafíos y comprometerse? Pero no se puede asumir un gran desafío sin la certeza en una presencia que me acompañe.

El ojo de Apolo y la naturaleza del hombre

Me encantó este diálogo entre el detective Flambeau y su amigo, el principal protagonista de los mejores cuentos de G. K. Chesterton. A este lo saqué de «El ojo de Apolo».

—Tengo entendido —explicó Flambeau— que, según la teoría de esta gente, el hombre puede soportarlo todo, siempre que su espíritu sea firme. Sus dos símbolos principales son el sol y el ojo alerta, porque dicen que el hombre enteramente sano puede mirar al sol de frente.
—Un hombre enteramente sano —observó el padre Brown—, no se molestaría por eso.
—Bueno: eso es todo lo que yo sé de la nueva religión —prosiguió Flambeau—. Naturalmente, se jactan también de curar todos los males del cuerpo.
—¿Y curarán el único mal del alma? —preguntó con curiosidad el padre Brown.
—¿Cuál es? —dijo el otro, sonriendo.
—¡Oh! Pensar que está uno enteramente sano y perfecto— dijo su amigo.