Un padre más joven que sus hijos

… Podría observarse lo que quiero decir, por ejemplo, en los niños, cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítimicamente los talones a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen «hazlo otra vez»; y el adulto vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía. Pero tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: «hazlo otra vez», y cada noche diga a la luna: «hazlo otra vez».

Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecemos, y nuestro Padre es más joven que nosotros.

(G. K. Chesterton, Ortodoxia).

París, Chesterton y los coches de alquiler

Esta semana fui al médico. La última vez que nos vimos, me contó que se iría de vacaciones, así que, no bien llegué, le pregunté cómo le había ido. «No me quería volver», me dijo entre risas. Igual que un amigo. La última vez que nos vimos, me comentó de la «angustia» de volver de las vacaciones. Y lo mismo me pasa a veces, también en estos fines de semana largos.

Más allá de las respuestas estándares que todos damos («¿Cómo andás?», «Muy bien»; «¿Qué tal el finde?», «Tranqui»; «¿Qué tal tu día?», «Laburando como loco»; etc.), me parece que sería ingenuo no ver que, a veces, hay algo más detrás de ellas: «Me encantaría vivir de vacaciones, no tener que volver al sufrimiento del trabajo diario y rutinario»; «Siempre estoy bien, qué se yo; mi vida es así, no pasa nada especial»; «El trabajo es lo único que tengo, no sé qué haría sin él». Pero lo sorprendente no son estas respuestas, que todos damos, sino lo que viene después: nada, no muevo un pelo, me quedo tranquilo y la vida sigue. ¡Cuántas veces hacemos esto! Me recuerda a la terrible historia de Frank y April Wheeler en Revolutionary Road, una película basada en la novela de Richard Yates.
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La ética en el país de los elfos

Cuando lo leía, me acordaba del momento en que le mostré a mi viejo las fotos de nuestro viaje a Potrerillos (Mendoza). «Qué increíble las montañas», me dijo, pensativo, «¿cómo puede ser que estén ahí?». Entonces le comencé a explicar cómo se forman las montañas: por el movimiento de las capas inferiores de la tierra (o algo así). «Sí, pero ¿cómo puede ser que estén ahí?», insistió, para finalmente agregar: «A eso no lo hizo el hombre». En ese momento, me di cuenta de que no había entendido la pregunta. Era el asombro por la realidad lo que me estaba señalando, no los detalles superficiales. Me sentí un poco como alguien que va acompañado a un desierto y encuentra un televisor funcionando con energía solar. Me había puesto a explicar cómo yo creía que funcionaba el sistema, en lugar de asombrarme de que existiera semejante instalación en ese solitario lugar.
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Un gran desafío, una gran compañía

Gandalf: You’ll have a tale or two to tell of your own when you come back.
Bilbo: Can you promise that I will come back?
Gandalf: No… and if you do… you will not be the same.

(The Hobbit, An Unexpected Journey)

Esta semana me acordé de este diálogo entre los personajes de Tolkien. ¿Nos les hace recordar que en la vida no hay que tener miedo de asumir desafíos y comprometerse? Pero no se puede asumir un gran desafío sin la certeza en una presencia que me acompañe.

El ojo de Apolo y la naturaleza del hombre

Me encantó este diálogo entre el detective Flambeau y su amigo, el principal protagonista de los mejores cuentos de G. K. Chesterton. A este lo saqué de «El ojo de Apolo».

—Tengo entendido —explicó Flambeau— que, según la teoría de esta gente, el hombre puede soportarlo todo, siempre que su espíritu sea firme. Sus dos símbolos principales son el sol y el ojo alerta, porque dicen que el hombre enteramente sano puede mirar al sol de frente.
—Un hombre enteramente sano —observó el padre Brown—, no se molestaría por eso.
—Bueno: eso es todo lo que yo sé de la nueva religión —prosiguió Flambeau—. Naturalmente, se jactan también de curar todos los males del cuerpo.
—¿Y curarán el único mal del alma? —preguntó con curiosidad el padre Brown.
—¿Cuál es? —dijo el otro, sonriendo.
—¡Oh! Pensar que está uno enteramente sano y perfecto— dijo su amigo.

La verdadera esencia de todo

Estoy leyendo «Cautivado por la alegría», de C. S. Lewis. Me gustó mucho lo que cuenta sobre el «primer amigo duradero» que hizo en Oxford: Alfred Kenneth Hamilton Jenkin. Ir hasta el fondo de las cosas, también de mis errores y pecados, sin miedo:

[…] Jenkin parecía disfrutar de todo, incluso de la fealdad. De él aprendí que debemos intentar someternos totalmente y al instante a cualquier ambiente que se nos presente, que debemos buscar en una ciudad mugrienta esos lugares en los que su mugre llegue a horror y sublimidad, que en un día triste debemos buscar el bosque más triste y húmedo, que en un día de viento debemos buscar la sierra más ventosa. No había en ello nada de ironía betjamánnica sino sólo una determinación seria, aunque alegre, de meter la narices en la verdadera esencia de todo, de regodearse en su ser (tan magníficamente), fuera lo que fuese.

El «difícil oficio de vivir»

Qué bueno fue encontrarme hoy con estas palabras de Bruno, en Sobre héroes y tumbas. No se puede perdonar a alguien invocando valores que aprendimos. Para perdonar «hace falta otro punto de vista» (¿dónde leí esto? no encuentro la fuente). Hace falta reconocer el valor infinito que tiene el otro. Y hoy esto me quedó clarísimo al leer este texto. Y seguramente en el futuro va a hacer falta que me quede claro otra vez. Uno nunca termina de aprender, de cambiar y de transformarse, así es la vida, así es el «difícil [y apasionante] oficio de vivir».

A los pocos días me iba a Capitán Olmos. Serían las últimas vacaciones en mi pueblo. Mi padre estaba ya envejecido pero seguía siendo duro y áspero. Me sentía lejos de él y de mis hermanos, mi alma estaba agitada por vagos impulsos, pero todos mis deseos eran inciertos e imprecisos. […] De todos modos pasé aquellas vacaciones mirando mi pueblo sin verlo. Tenían que transcurrir muchos años, sufrir yo muchos golpes, perder grandes ilusiones y conocer multitud de gente para recuperar en cierto modo a mi padre y a mi pueblo natal; ya que siempre el camino hacia lo más íntimo es un largo periplo que pasa por seres y universos. Así lo recuperaría a mi padre. Pero, como casi siempre pasa, cuando era demasiado tarde. Si en aquel entonces hubiera intuido que lo veía sano por última vez, si hubiera adivinado que veinticinco años después lo vería convertido en un sucio montón de huesos y vísceras en podredumbre, mirándome tristemente desde el fondo de unos ojos ya casi ajenos a este mundo, entonces habría tratado de comprender a aquel hombre áspero pero bueno, enérgico pero candoroso, violento pero puro. Pero siempre entendemos demasiado tarde a los seres que más cerca están de nosotros, y cuando empezamos a aprender este difícil oficio de vivir ya tenemos que morirnos, y sobre todo ya han muerto aquellos en quienes más habría importado aplicar nuestra sabiduría.