Superiores, según Carlos

–Las discusiones sobre autoridad y economía –comenté en son de broma– se acabarán cuando el “sexo débil” deje de ponerse al tú por tú con el “fuerte”.
Dhamar giró por completo para mirarme frunciendo el ceño. Yo sonreía artificialmente enseñándole la dentadura como un mico.
–Los hombres son más débiles –se defendió–. Exageran sus dolencias, se cansan más rápido con las tareas cotidianas y no soportarían el trauma de un parto. Desde el nacimiento se ve: los bebés masculinos enferman y mueren en mucho mayor porcentaje que los femeninos; las niñas, desde la primaria, son más suspicaces, rápidas, ordenadas y creativas que los niños.
–Pero de mayores, ¿qué tal? –pregunté–, los varones…


–Alto –interrumpió el doctor Martín–. Han tocado un punto básico de las relaciones humanas. Algo fundamental, verdaderamente rascendente para la convivencia entre hombre y mujer.
–¿A qué se refiere? –pregunté confundido.
–A la clave que te permitirá valorar de una vez por todas quién es quién en este mundo.
Alcé las cejas sin acabar de entender las intenciones del médico, que se inclinó hacia adelante con evidente exasperación, como si se le hubiese presentado la oportunidad de decir una verdad vital.
–Tiene razón Dhamar. Las mujeres son más fuertes que los hombres. Incluso en el aspecto sexual. Ellas son capaces de tener encuentros íntimos mucho más prolongados y satisfactorios sin sentirse agotadas; ellas viven más en promedio, enferman menos, son más intuitivas, se adaptan y sobreviven más fácilmente; son, en potencia, mucho más inteligentes y…
–Entonces, ¿por qué no son las dueñas del mundo? –interrumpí.
–Por un factor muy simple. Efrén, debes entender muy bien lo que voy a decirte y no olvidarlo nunca. Algo pasa con esas niñas brillantes en cuanto entran en la adolescencia; su organismo les juega una broma terrible: comienza a bombardearlas, mes a mes, con hormonas poderosas que les producen un eterno desequilibrio emocional. Cuando estés casado te sorprenderá que tu compañera cambie repentinamente de humor, que haga cosas incomprensibles, que llore por asuntos que considerarás tontos, que se emocione por detalles extraños para ti, pero jamás deberás echárselo en cara. Los maridos califican a sus esposas de inestables, locas o histéricas porque en tres días echan a perder todo lo construido en un mes, y ellas, ignorantes de lo que realmente les ocurre, reconocen sus errores y van agrandando el grave complejo de inferioridad que distingue a muchas por haberse creído el cuento absurdo de ser el sexo débil. ¡Pero es una gran mentira! Ellas no tienen la culpa de cuanto les ocurre. Las mujeres de éxito reconocen que el secreto de su triunfo ha sido aprender a controlar las crisis hormonales; en cuanto perciben una, rehuyen las amistades para evitar hablar “de más”, hacen deporte, se entregan al arte, se encierran en soledad, lloran y recobran fuerzas con intenciones de poder seguir luchando en un mundo de hombres hormonalmente estables. El varón nunca dominaría a una mujer, pero las hormonas lo han hecho. Les han dado el romanticismo, el instinto maternal, la sensibilidad extrema, y con ello las han dejado en desventaja para la guerra del poder. Esto puede parecer injusto; sin embargo, es un designio de la Naturaleza porque sólo los SERES SUPERIORES, como ellas, son indicados para realizar la tarea máxima del ser humano: dar a luz, criar y educar a un niño…
Vi a mi prometida con los ojos llorosos y sonriendo ligeramente. El doctor se puso de pie y echó un vistazo a su reloj de pulsera.

Este es un fragmento de un diálogo del libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez, Juventud en éxtasis.

Si bien con esto quizá ahora haya que aguantarlas (para los que dejaron leer el texto a su pareja, su hermana, su madre…) por un tiempo, riéndose de nosotros, ésta es una opinión muy interesante para intentar entenderlas un poco más.